jueves, 10 de agosto de 2017

La respuesta está en el viento

Aprendí a montar en bicicleta en una enorme explanada delante de los hangares de los helicópteros. Sólo había un obstáculo, un palo con una manga de viento colgada en su cúspide como si fuera una bandera. A pesar de los muchos metros cuadrados libres que tenía a mi alrededor, mi única meta parecía ser chocarme contra aquella asta. 

Creo que a lo largo de mi vida, mi objetivo siempre ha sido el mismo: chocarme contra los obstáculos.

Aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido desde que dejé el colegio, los miércoles me producen una extraña sensación de desasosiego y angustia. Los miércoles se podían considerar como las lejanas puertas del fin de semana, la promesa de que las clases se acabarían pronto y volvería a casa. Pero los miércoles a primera hora tocaba lengua y eso era aterrador. Mis dictados rara vez no parecían un mar de sangre por las faltas de ortografía y mientras mis compañeras se deslizaban con la facilidad de patinadoras por los textos escritos, yo tenía que triturar y deglutir cada una de aquellas palabras. 

Mickey moscardea a mi alrededor cuando escribo algo, aunque sólo sea la lista de la compra. Me corrige, intenta enseñarme. Dice que mi escritura se semejante a los trajes de Agatha Ruiz de la Prada, y que debo aspirar al blanco absoluto. Me quejo. Si me obliga a esforzarme, ya no será divertido escribir y volveré a los dictados. 

¿Cómo he acabado con él? Es como si otra vez me hubiera chocado con la bici contra el palo de la manga del viento. 

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