domingo, 3 de diciembre de 2017

La cadena

¿Cómo desengancharse de algo a lo que llevas atada desde hace más de dos meses? Todo ha sido como una cadena infinita. Un compañero italiano restauraba una casita dañada por uno de los terremotos que ha desolado el centro de Italia en los últimos tiempos. La vivienda debería haber sido demolida, pero siempre ocurre lo mismo: el valor de la vida de quienes menos tienen es prácticamente nulo. Pidió ayudas estatales que ninguna llegaron. Reforzó pilares y vigas con perfiles metálicos. Y cuando recubría la fea estructura con paneles de cartón-yeso, se le ocurrió una idea. ¿Y si el armazón que soporta los paneles fuera la estructura portante? 

Una persona, una idea. La idea permaneció, pero las personas al final éramos 25. El trabajo de la mayoría concluyó. Ahora les toca a los químicos y mecánicos. Pero es complicado desengancharse de algo a lo que he estado ligada casi exclusivamente durante tanto tiempo. Incluso volví a la costumbre de dormir sólo noches alternas. Si cierro los ojos, veo una y otra vez la primera maqueta lanzando trozos de cartón-yeso como si fueran proyectiles al deformarse y romperse las varillas que formaban los tetraedros. 

No importa si al final todo se queda en agua de borrajas. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz haciendo un trabajo. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Indefensa

¿Quién me defiende? Creía estar sola, pero la mayoría de los catalanes sosegados y serenos quieren un referéndum legal.

Lo que nos ha proporcionado Puigdemont es una siembra de odio y rabia; una fantochada ilegal de urnas llenas de papeletas previas a las votaciones, de colegios sin censos, de votantes que recorrían Barcelona en busca del derecho al voto una, cinco, diez... veces.

Se habría podido (¿se puede aún?) conseguir un referéndum legal, aunque se hubiera tenido que llegar a los tribunales internacionales. Habría sido más pausado, con dos partes enfrentadas que dieran a conocer los pros y los contras de la independencia. ¿Por qué Puigdemont escogió el camino de la irresponsabilidad? ¿Tenía miedo a perder o tenía miedo a ganar?

¿Quién me defiende? Casi siempre que he estado empadronada en Barcelona he tenido la mala suerte de presidir o ser vocal de una mesa electoral. Es un trabajo tedioso. Prefiero pasar los domingos tumbada leyendo o compartiendo algunos momentos con mi familia. Suelo comprar un billete de avión de los muy baratos para poder escaquearme. En esta ocasión no hice ese preparativo. Jamás pensé que el gobierno general dejara llegar tan lejos al autonómico. ¿Por qué no se paró antes el despropósito del referéndum? ¿Debilidad? ¿Miedo? ¿Pensar que el fracaso del referéndum llevaría a la tumba al actual gobierno autonómico?

La pasividad de Rajoy hasta hoy y las obligadas cargas policiales sólo han conseguido que se ponga en duda el nivel democrático de España.

¿Quién me defiende? La oposición política del gobierno central parecían hasta ayer convidados de piedra. Ahora se rasgan las vestiduras por las cargas policiales y por ineptitud de Rajoy para salir del agujero donde lo metió Puigdemont.

Se ha despilfarrado dinero de los impuestos en un acto ilegal, han habido muchos heridos, la democracia española ha quedado enlodada... pero mañana todos los políticos se darán palmaditas de autocomplaciencia en la espalada asegurando que los otros perdieron, cuando en realidad quienes perdimos fuimos todos ciudadanos.

Es injusto que ese puñado de necios tenga futuro. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Todo por la Patria

El mundo del cine y la televisión está lleno de muertos. No sólo muertos cuyos corazones han dejado de latir y han sido enterrados o incinerados (o crionizados), son, ante todo, muertos del pasado. Actores o cantantes con sólo el atractivo físico como principal mérito. Ellos echan tanto como nosotros la belleza perdida y la intentan recuperar disfrazando sus rostros con máscaras de cirugía. Todos terminan pareciéndose al Joker. 


Patria acumulaba polvo sobre mi mesilla de noche mientras Mickey devoraba libro tras libro. Hasta leyó toda la serie de Puck, unos volúmenes ñoños para adolescentes, ya viejos cuando se convirtieron para mí en una obligación, sustitución involuntaria de Stephen King. Dijo que quería conocer cosas de mi infancia, sin olvidar el presente. ¿Cómo había podido dejar de leer el libro que tenía en mi mesilla? Él lo acabó en un fin de semana. Se lo habían aconsejado media docena de personas diferentes, y él estaba de acuerdo con ellas: le pareció una novela muy necesaria. Asegura que soy la única persona que conoce que no le haya gustado. 

¿Por qué no te gusta? Mickey me pregunta y sólo sé encogerme de hombros. 

Recuerdo los atentados escuchados en la radio a primera hora de la mañana mezclados con el olor a café y a tostadas. Recuerdo a mi padre tumbándose en el suelo para mirar los bajos del coche, y la vergüenza que sentía porque la gente alrededor nos miraban extrañados. Recuerdo las palabras sosegadas de algunos militares que estaban a favor de la autodeterminación de los vascos para acabar con los atentados y recuerdo a otros furibundos que pedían que se colocara un muro muy alto alrededor del País Vasco, se fumigara con gasolina y se tirara una cerilla. Recuerdo mis paquetes de libros secuestrados durante días por culpa de algún escáner estropeado. Recuerdo la tensión de mi madre y hermanos cuando temían reconocer las iniciales de algún amigo entre las víctimas de los terroristas... Recuerdo que hace poco pensé que estaba muy bien no tener que enfrentarse a la repetición de aquella monotonía matutina de los atentados. 

¿No me gusta leer sobre el terrorismo de ETA? Si ese libro hubiera llegado tres lustros antes lo habría venerado. Ahora sólo me parece una parodia estereotipada del pasado. 

La calma después de la tormenta

He llorado por Guille como si hubiera muerto. He recuperado el placer por la lectura después de deshacerme de Patria. He reconocido que quiero a Mickey. El despacho/casa de la azotea de la calle San Antón ha vuelto a mí. He recuperado a algunos viejos amigos y trasmutado a familiares políticos en amigos. Ahora las series surcoreanas me parecen ñoñas incluso para disfrutarlas en momentos de pereza. La música k-pop ha corrido la misma suerte. Hasta he perdido el miedo a teclear una letra tras otra y convertirlas en palabras. 

De la feria de Málaga fui a Barcelona, sin Mickey al principio. No quería arrastrarlo a una ciudad herida por el atentado. Al abrir la puerta del piso de la Diagonal y ver el suelo tapizado por los libros que deberían haber estado en las estanterías -una rabieta más de Guille-, y comprendí que mi Guille ya no existía. Su propia madre y hermana se dieron cuenta mucho antes que yo. Ahora son mis amigas. 

El piso de la calle San Antón lo recuperé con chantaje. Ya no le tengo ningún respeto a Guille. 

Entre cajas de mudanza y roces comprendí que tengo muchas cosas en común con Mickey. Tal vez la falta de presión por hacer de lo nuestro una relación duradera y sólida, sea la mayor de ella.

Qué extraño. El mundo parece deshacerse en pedazos por culpa de las catástrofes naturales, la torpeza política y la estupidez humana; pero, para mí, es uno de los momentos más apacibles y placenteros que recuerdo en años. 

sábado, 12 de agosto de 2017

Visual de 360º

Uno de mis primos asegura tener recuerdos de cuando mamaba. Dudo que un cerebro tan inmaduro esté preparado para conservar en la memoria algo fuera de lo imprescindiblemente necesario para la subsistencia. Pero ninguno de los que conocemos bien a mi primo, ponemos en duda ese recuerdo porque para él es algo agradable y, por los muchos detalles que da, algo incestuoso. 

Esta mañana en el supermercado había cola, una extraña excepción para la primera hora de un sábado de agosto. Una señora con un carro atestado, un señor al que llaman en el barrio Gargamel, yo y una mujer joven con un bebé en un cochecito. El bebé tenía la belleza, o fealdad, según los ojos del observador, de un animal recién nacido. Durante el tiempo que recorrí los pasillos del supermercado, la banda sonora fue el llanto desconsolado del niño. De repente se hizo el silencio y eso me hizo girar la cabeza. El bebé estaba conectado al pecho de su madre y chupaba mu-mu-mu-mu... Yo bloqueaba la visión de la madre e hijo al señor Gargamel, porque es retaco. Se esforzó por mirar detrás de mí. Algo tan inocente como una madre dando de mamar a su hijo lo enfureció. Farfulló un: descarada. Hasta que fue atendido, el hombre cada minuto se esforzaba por mirar detrás de mí y negaba. Cuando se fue la cajera le pidió a la madre que no le hiciera caso. Hace pocos días el mismo hombre y en el mismo lugar, criticó a un chaval por llevar coleta, dijo que era muy femenino. La novia del chaval estaba presente y estuvo a punto de arañar la cara del señor Gargamel, sólo el insultado pudo evitarlo. 

Maternidad - Picasso

viernes, 11 de agosto de 2017

La herida del silencio

Cuando era pequeña, mi hermano mediano me enseñó que para cabrear a mi hermano mayor sólo tenía que repetir una y otra vez: Niño al agua. Niño al agua. Se ha caído un niño al agua.... La frase la había sacado de una película (no sé cuál), y la verdad es que resultaba efectivo. Antes de poder repetir por tercera vez aquellas palabras, ya estaba bocabajo, cogida por los tobillos. 

En mi anterior piso, sobre todo en los meses de verano, de 6 a 8 de la tarde, recordaba constantemente aquella frase porque un chaval de los alrededores ensayaba con su tuba una y otra vez, repitiendo la melodía difícilmente reconocible de la Guerra de las Galaxias. 


Hace un rato he dejado el trabajo que estoy haciendo porque fuera se escuchaba música (son las seis). Parecía un disco de Paco de Lucía o de algún otro guitarrista muy bueno de flamenco. La música ha cesado, se ha escuchado un carraspeo, y reanudado con una voz femenina que susurraba una canción muy bajita, Ha durado muy poco. Un: Que te calles, coño, ha devuelto el silencio. 

La rabia

Estoy enfada. 

Estoy enfada con Donald Trump y Kim Jong-un por parecer un par de críos enfurruñados y a punto de estallar. Lo malo es que si lo hacen, quien pierde siempre serán los otros. 

Estoy enfadada conmigo misma porque fantaseo con un dron persiguiendo al dictador norcoreano. Para que no sufra su pueblo, la única solución que se me ocurre es su prematura desaparición. Sin líder, el pueblo recién destetado aceptará sin perjuicios el amparo de Corea del Sur, una unificación pacífica. 

Estoy enfadada con el Ayuntamiento de Granada porque pretenden dar la granada de oro a dos figuras religiosas. Puestos a reconocerles méritos a objetos, podrían dárselas a los leones de la Alhambra, en recuerdo a las manos que los labró y a las muchas que los han restaurado. 

Estoy enfadada con los técnicos de la luz porque la semana pasada vinieron al barrio a interrumpir una conexión ilegal que alimentaba una plantación de maría y durante tres horas esas plantas fueran las únicas que disfrutaron de iluminación artificial. 

Estoy enfadada con el cariño excesivo que demuestran políticos y nacionalistas por Cataluña. Tanto cariño va a terminar destruyéndola. 

Estoy enfadada con la periodista de El País que, al relatar la noticia de la detención del corredor que empuja a una mujer y al caer al suelo está a punto de ser atropellada por un autobús, afirma que la mujer había invadido el camino del corredor cuando, sobre todo en las imágenes a cámara lenta, se comprueba que el hombre va a buscarla intencionadamente, estándo aún a varios metros de distancia, sigue corriendo sin mirar y vuelve a su trayectoria. 

Seguramente estaré enfadada por más cosas, pero en este momento no me apetece recordar. 

También debería estar enfadada con Guille por haberme destrozado la comodidad y monotonía hasta extremos inimaginables; pero sólo estoy enfadada por no poder enfadarme con él: al final a quien más se le fastidió la vida fue a él. 

jueves, 10 de agosto de 2017

No conozcas a tus héroes

Intento acomodarme en el ciberespacio. Me gusta entrar en foros, encontrar a gente que opina, piensa, discrepa, discute... El blog de Antonio Muñoz Molina estaba muy bien, pero el nivel intelectual de quienes entran en él es muy elevado; hasta escriben libros y se los editan con prólogo del propio AMM. Prefiero no recapacitar y darme cuenta las veces que habré hecho el ridículo en esa página. ¡Qué vergüenza!

He encontrado una página (ya la mencioné días atrás). El anfitrión de la página es un personaje imposible de respetar. Un engañabobos movido, supongo, por la golosina del dinero fácil. Al parecer lo llaman para explicar su teoría de migración de terremotos en la televisión chilena. 

Pero sus acólitos son asombrosos. Necesitan que se les engañen. Aceptan cualquier majadería con tal se tener la fantasía de ser advertidos antes de un sismo grande. Y si les adviertes de las muchas contradicciones que tiene la teoría de ese señor, se enfadan e insultan. Es un placebo que necesitan tomar para su tranquilidad. ¿Quién no haría lo mismo en su situación?



Shhhhhh, no les rompamos su burbuja de tranquilidad. 

Pero, un ápice de sentido crítico con la teoría de Aroldo Maciel. Su último "parte", basado en los terremotos que sufrieron en China hace tres días.

Fuerte temblor en China y sus posibles migraciones. 

El pasado martes (8/8) por la tarde, un temblor de 6.5 grados en la escala de Richter ocurrió en el sur de China. Al atardecer, otro evento similar, pero un poco menos intenso, parece haber señalado su posible ruta. Una sacudida de 6.3 grados ha seguido y puede darnos la idea de lo que está por venir.

Uno de los terremotos se produjo en Gansú a las 13:19 UTC, el otro en Xinjiang a las 23:27.

El evento de China parece estar migrando hacia la región norte hacia Europa y por lo que indican las nuevas incidencias, el intervalo de tiempo entre los eventos tiene una velocidad aproximada de 300 km por hora. Esto puede significar una nueva ola de terremotos moderados para aquella región de Europa desde las 36 horas hasta los próximos 3 días. 

¿De dónde sacará la conclusión de la velocidad a la que se trasladan los terremotos? La distancia de Gansú a Xinjiang es de 2.000 km. La diferencia de horas de los sismos, 10. De haber sacado alguna relación matemática, debería ser 200 Km/h. 

En 36 horas, a 300 Km, se recorrería una distancia de 10.800 Km. En tres días, 21.600 km. A no ser que los terremotos también se echen una siesta antes de seguir su camino, en 36 horas, ya estaría fuera de Europa.

"Aquella región de Europa" ¿Mala redacción o ignorancia completa al considerar que China está en Europa?

Otra área que puede ser impactada es Europa, podría ser cercanías en el Mediterráneo en general, sobre todo Turquía y Grecia, ha sido escenario de acontecimientos moderados. Si la probabilidad mencionada se confirma, podemos tener nuevas noticias de temblores de moderados a destructivos para aquella región ya en los próximos días.

Lo raro sería decir que esa zona va a estar inactiva y acertar.

Esto deja a Chile o Argentina un poco más tranquilo, ya que la gran duda era si ese evento migraría hacia esa parte del mundo o no. Aparentemente, no será esta vez. 

Lo escrito a cursiva es origen y culpa de Aroldo Maciel. Ignorancia geográfica, ignorancia matemática, ignorancia de cómo se producen los terremotos, una teoría que no acierta ni por casualidad... y a ese tipo lo llevan a la televisión. 

Los datos matemáticos me los ha conseguido la prima de mi sobrina, de 8 años. Ha suspendido matemáticas y, aunque no tiene que recuperar la asignatura, entre todos le echamos una mano para que tenga un buen nivel para el siguiente curso. Se ha quedado un poco acongojada al descubrir que el radio de la Tierra tiene 6.378 km. El coche nuevo de su papi ya ha recorrido el doble.

La respuesta está en el viento

Aprendí a montar en bicicleta en una enorme explanada delante de los hangares de los helicópteros. Sólo había un obstáculo, un palo con una manga de viento colgada en su cúspide como si fuera una bandera. A pesar de los muchos metros cuadrados libres que tenía a mi alrededor, mi única meta parecía ser chocarme contra aquella asta. 

Creo que a lo largo de mi vida, mi objetivo siempre ha sido el mismo: chocarme contra los obstáculos.

Aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido desde que dejé el colegio, los miércoles me producen una extraña sensación de desasosiego y angustia. Los miércoles se podían considerar como las lejanas puertas del fin de semana, la promesa de que las clases se acabarían pronto y volvería a casa. Pero los miércoles a primera hora tocaba lengua y eso era aterrador. Mis dictados rara vez no parecían un mar de sangre por las faltas de ortografía y mientras mis compañeras se deslizaban con la facilidad de patinadoras por los textos escritos, yo tenía que triturar y deglutir cada una de aquellas palabras. 

Mickey moscardea a mi alrededor cuando escribo algo, aunque sólo sea la lista de la compra. Me corrige, intenta enseñarme. Dice que mi escritura se semejante a los trajes de Agatha Ruiz de la Prada, y que debo aspirar al blanco absoluto. Me quejo. Si me obliga a esforzarme, ya no será divertido escribir y volveré a los dictados. 

¿Cómo he acabado con él? Es como si otra vez me hubiera chocado con la bici contra el palo de la manga del viento. 

martes, 8 de agosto de 2017

El lado oscuro

¿Cuándo lo harán? Hace tiempo que llevo preguntándome cuándo llegará una ley que regule el uso, diseño y compra de drones en nuestro país. Seguro que será demasiado tarde, después de que uno de esos chismes provoque un accidente y mueran las 200 personas de un avión. 

Hoy un dron ha impedido el aterrizaje de dos aviones en el aeropuerto de Lisboa. Tal vez no deberían dar esa noticia. De repente imagino a un puñado de imitadores aplaudiendo como focas amaestradas (que me perdonen las focas) eufóricos por la trastada que han hecho, sin querer ser conscientes de las vidas que han puesto en peligro ni de las molestias que han causado a un montón de personas. 

Existen más razones por las que en un aeropuerto se puede colar un dron. Por alguna razón dan cursos de aprendizaje de vuelos de drones junto a aeropuertos (algo que parece una insensatez). Si estás aprendiendo la izquierda se puede convertir en derecha y colar el aparato no se debe. Y el compañero de Guille, que es muy bueno para encontrar lo peor de lo malo, pensaba que los drones podrían servir para burlar las aduanas. Objetos y sustancias prohibidas que entran y salen de las bodegas de los aviones sin ningún control, sólo con el beneplácito remunerado de algún encargado. 

En la mente retorcida del colega de Guille se escondían cientos de usos de dudosa legalidad, o de clara ilegalidad. Están tardando en limitar el uso de esos aparentes juguetitos inofensivos. 

El buen trabajador

Dale limosna mujer 
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada

Francisco de Asis de Icaza

Al otro lado del parque al que da mi balcón, hay un supermercado, no muy grande, el típico de barrio. Y como casi todos los supermercados, tiene su pedigüeño. Es un hombre muy flaco y renegrido por el sol, rumano, probablemente. Lo he visto hablar con algunas mujeres de esa nacionalidad. Es fácil distinguirlas porque suelen ir uniformadas, con sus faldas largas de colores brillantes y un pañuelo cubriéndoles la cabeza. El hombre llega una hora después de abrir el supermercado, esgrimiendo una muleta como si fuera una lanza. No la necesita. Camina desgarbado porque es muy flaco y las articulaciones parecen a punto de quebrársele, pero sin dificultad. La muleta es parte de su atrezo. La deja junto a él, en el suelo donde se sienta sobre un montón de cartones que los del supermercado suelen abandonar fuera del contenedor de papel porque siempre está lleno. A ratos enseña un hombro en el que tiene un costurón antiguo, casi mimetizado con la piel. 

Lo observo. Pasan diez personas y ninguna le echa monedas en su vaso de plástico. En diez minutos, lo que tardo en beberme un vaso de zumo que termina recalentado en mi mano, sólo recibe dos limosnas. Si la cantidad es proporcional a lo que tarda en borrarse de su rostro la sonrisa que les dedica, sospecho que sólo le habrán dado unos céntimos. 

Pasa el tiempo. Llega el mediodía y mientras hablo con mi madre por teléfono, me asomo de nuevo. Los rayos verticales del sol se han engullido la sombra que lo resguardaba, pero parece inmune al calor y a la pestilencia de los contenedores de basura que tiene muy cerca de él. Una mujer que sale del supermercado no le ofrece dinero, le da una lata de Coca-cola. El hombre la agradece inclinando la cabeza. La engulle sin apartar los labios de la lata, sin tregua, de un interminable sorbo. Tres personas más echan dinero en el vaso. Una mujer no suelta monedas pero sí le da la tabarra durante un rato. El hombre le enseña la cicatriz del hombro y la muleta. Será un alma caritativa que quiere hacerle comprender que debe buscar un trabajo decente. 

¿Cuánto sacará al día? Desde la mesa de trabajo lo veo. Giro la cabeza hacia la derecha de vez en cuando. En toda la mañana creo que no se ha levantado ni una vez. Desaparece en cuanto las chicas del supermercado salen para bajar la persiana metálica a las dos y media. Se aleja arrastrando la muleta, sujetándola con la axila, y enseñándole a la gente con la que se cruza en el camino su vaso de plástico. Mañana volverá a fichar a la misma hora.

domingo, 6 de agosto de 2017

La ira

Vivo rodeada de un montón de personas furibundas a las que les gusta demostrar a pleno pulmón lo enfadadas que están, sobre todo después del anochecer. Ayer, cuando apenas había conseguido dormirme, desperté por el llanto de una mujer ; era semejante al maullido de un gato. Mi subconsciente es selectivo. Los gritos previos me permitieron seguir durmiendo sin problema, aunque asegura Mickey que eran como un matadero donde desollan vivos a los animales. Nuestro vecinos de arriban se peleaban. Los conocemos. La mujer tiene una voz muy dulce, de niña pequeña, tan melosa por su timbre agudo que dan ganas de taparle la boca cuando, encima,  habla utilizando una retahíla de diminutivos. Peleaban por algo del pasado. La mujer aseguraba que Pablito, el hijo mayor de la pareja, padece asma porque la familia del marido la obligó a limpiar todo un remolque de panochas cuando estaba embarazada de 8 meses. La mujer lloraba por la adolescente boba e ingenua que fue, incapaz de defenderse a sí misma. La mujer hace ruiditos al caminar. La hemos visto un par de veces en la calle y a cada paso que da sus muslos suenan: ras-ras-ras... como los muebles oxidados de un colchón bajo una pareja de amantes fornicando. Supongo que llevará algún tipo de prenda de tortura que aprisiona sus carnes, sofocándola. Del marido, exceptuando que es anodino y está casado con esa extraña mujer, no se puede decir nada. 

Al rato, aunque me dio la sensación de haber simplemente pestañeado, volví a despertar por otra bronca. Una abuela llamaba puta a la madre de su nieta y a la propia nieta, asegurándole que si se quedaba preñada ella no cuidaría del bebé. La nieta bisbiseaba hasta que la persistencia de la abuela le hizo perder los nervios: Coño, Yaya, que he estado en Bérchules con papá. Pregúntale a él. Funcionó, se hizo el silencio durante un rato, hasta que amaneció y dos hombres jóvenes discutían por ver quién iba a utilizar el baño antes. La luz del día fue un antídoto para la rabia: todos se callaron. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

El dulce despertar

Toda la ciudad parece estar de vacaciones. Son las ocho, pero el único ruido fuera es el de los pájaros escondidos en los árboles. Es la única época del año en la que no resulta imposible aparcar, también es la única época del año en la que debes caminar más de diez minutos para encontrar un bar abierto. Casi todos tienen un cartel con Cerrado por Vacaciones

Hoy no me han despertado los pájaros, ni la sirena de un coche policía de la comisaría que tengo cerca de casa, tampoco los pitidos de quien sale de la cochera y se anuncia para evitar atropellar a alguien en la acera, ni siquiera el camión que recoge los contenedores de una obra interminable en este mismo bloque. Hoy me ha despertado la música de El Hombre de la Mancha. Tango más de 2.000 discos compactos, y entre todos ellos es el que Mickey ha escogido para escuchar mientras prepara el desayuno. ¿Cómo es posible que me hubiera olvidado de esa música? 


No hay lugar para la ciencia

Mis pensamientos migran, como los terremotos de un tal Aroldo Maciel. Científico putativo, con supuestos estudios en una universidad de Brasil y ortografía digna de un papagayo sin amaestrar, que asegura tener un método científico, con ecuaciones matemáticas (eso lo hace parecer muy serio), que le sirve para predecir los terremotos (¿qué diablos harán los japoneses que no lo han contratado?). Trabaja, al parecer, en Chile, y hasta lo entrevistan en las televisiones de ese país (¡!). 

Suele meterse mucho con los sismólogos profesionales porque piensa que asustan a las personas por decir que en cualquier momento puede haber un terremoto importante en Chile. Algo que es verdad: que las personas se asustan y que se puede producir (negarlo no lo va a evitar). Pensé que ese tipo era beneficioso porque el sector que lo cree, puede dormir tranquilo. 

Vi por encima su método, y comprendí lo que hacía. 


Pone un mapa de una zona, pronostica un terremoto en una zona inferior a la del mapa y si el burro hace sonar la flauta y hay un terremoto, aunque sea mucho más abajo de lo indicado por él, se lo adjudica: es que el terremoto migró hacia el sur. Y si al día siguiente o ese mismo día hay más terremotos de igual o superior intensidad, asegura que lo sabía, pero que pensaba que era un reflejo del terremoto que ya predijo. 

No me gustó que pronosticara sismos superiores a grado cinco porque esos ya son peligrosos y su labor de tranquilizar se convierte en todo lo contrario, una absurda alarma para sus seguidores que viven en esa zona.

Entré en su Instagram y se me ocurrió pronosticar cuatro terremotos (todos pequeños y basados en la estadística). No erré ni uno, pero no puedo demostrar mi acierto porque me baneó. Algo completamente innecesario, inútil e infantil. Lo ha vuelto a hacer cinco veces. He descubierto que no hay que preguntar por su método científico, ni por intentar conseguir algún artículo escrito por él, ni hablar de páginas webs de estadísticas de terremotos, ni de escribir las palabras aceleración sísmicas ni viviendas sismorresistentes. Sólo acepta palmeros que lo bendigan a Dios y le den las gracias por sus pronósticos, si es posible, con una retahíla de faltas de ortografía.

Esta noche ha demostrado su poco sentido común pronosticando un terremoto de intensidad superior a 6 en el sur de Chile. ¿Sentirá remordimientos de conciencia si alguien se hiere o muere por pensar que un pequeño sismos (Chile tiembla constantemente) es de gran intensidad por culpa de sus pronósticos sin fundamento? 


Las salas del eco

Mi primo Nicolás comenzó a perder pelo desde muy joven. Ahora su cabeza luce como una enorme y bonita bola de billar. Brilla. Su calva le da encanto, pero él se obstina en volver a tener pelo. Creo que ha probado todos los remedios existente en las farmacias, parafarmacias y herboristerías. Todos esos remedios suelen asegurar que son eficaces en un 99% de los casos, pero él siempre tiene la mala suerte de estar en el 1% de los fracasos. Yo le digo que se fije en actores como Bruce Willis. Se gana la vida con su imagen, tiene todo el dinero inimaginable para gastar en retoques de estética y, sin embargo, está tan calvo como él. Por desgracia los deseos de mi primo son superiores a su sentido común. 

A mi cuñada le ocurre lo mismo pero con los remedios adelgazantes. El último que tomó eran unas pastillas que, aseguraban que para ser eficaces, la paciente debía tomar tres vasos de agua antes de cada comida. También le aconsejaba una dieta semanal que, diariamente, no superaba las 1.000 calorías. Seguro que con esa dieta, si suprime las pastillas, adelgazará más rápido porque a la fuerza las pastillas le aportarán alguna caloría. 

Mientras esperaba en la peluquería a que me tocara el turno, leí un artículo en una de esas revistas que suelen acompañar a los periódicos los fines de semana. Los médicos solicitan que en las farmacias no se vendan productos homeópatas. Espero que consigan su propósito, si no lo han hecho ya. Y que de paso, se deshagan del montón de remedios que son más promesas que realidades. Si lo hicieran, las farmacias se convertirían en salas vacías llenas de eco. 

martes, 1 de agosto de 2017

Piñata

En los días de la patrona del ejército del aire, en el destacamento donde vivía, los soldados hacían celebraciones y juegos. En el que más me divertía, los soldados colgaban de una cuerda un montón de botijos llenos de harina, azulete, agua o incluso lentejas, y, con los ojos vendados, debían romperlos. En el interior había un papel indicando un premio o un castigo. Dinero, bebida, consumiciones gratis en la cantina o dar un porrón de vueltas corriendo a la plaza de armas (inclinaciones sádicas por estar encerrados en el culo del mundo). 

Aquel juego les sirvió a mis hermanos de inspiración para encontrar una forma de librarme del estrés. Si me veían nerviosa, cualquier trasto viejo, un martillo, las gafas de moto y, hala, a dar golpes hasta convertir en papilla una lata o un juguete viejo.

Hoy la mañana empezó mal. Nos habíamos reunido un aparejador, el propietario, constructor y yo en una parcela de las afueras de Cúllar para firmar el acta de replanteo de una casita rústica. El propietario debió ver un tutorial de albañilería en Youtube. Pero entre ver hacer algo y hacerlo, existe un abismo. Durante cuarenta y cinco minutos estuvimos mirando un muro de unos cinco metros de largo y dos de altura con hileras de ladrillos que parecían el recorrido de una montaña rusa. El constructor quería 800 € por derribar aquel trocito de obra y el propietario decía que era una locura. El propietario decía que el precio de la vivienda era cerrado y el constructor que en ningún momento se habló de derribos. Ese soniquete duró hasta que el aparejador dejó escapar todo el aire de sus pulmones, cogió una de las picas del replanteo y ¡zas! como si se tratara de un vampiro, se la hincó al muro que cayó al suelo de un solo trozo, sin quebrarse. En el tutorial que vio el propietario no decían que los muros necesitan cimentación ni que el cemento hay que mezclarlo con arena. Durante un buen rato estuvimos dando martillazos y golpes a los ladrillos, hasta que quedaron desmenuzados. Trabajamos todos menos el constructor quien, me parece, nos miraba con envidia porque fue divertido. Hoy la mañana terminó bien.

lunes, 31 de julio de 2017

La ventana indiscreta

Mi madre es muy buena descubriendo peligros. Apenas llegó a mi nueva casa, se asomó al balcón y dijo: Aquí puede trepar hasta un gurripato. Con la de escaleras que he tenido que subir y estamos casi en el suelo. A mi madre no le gusta los ascensores. Y tiene razón, la tierra se ha tragado la planta baja y media planta primera. Es un edificio con doble rasante. El patio es mucho más bajo que la rasante exterior (pequeñas trampas constructivas). Estoy convencida que si saltara desde mi balcón, ni siquiera me haría daño. Si algún día amenazo con tirarme por él, no lo diré por deseos suicidas, me instigará la impaciencia porque todo es más accesible desde ese punto. A mí me choca más la cercanía al suelo que a mi madre porque estoy acostumbrada a la terraza del estudio, que quedaba a unos 18 metros de altura. 

La cortina es corta. Queda a una cuarta de la solería. Podría descoser el dobladillo, pero quiero volver a mi antiguo barrio en cuanto pueda. Entre tanto, me entretengo mirando por esa ventana. Es curioso, porque las personas que pasean por el bulevar al que da, parecen muy cercanas. Casi podría tocarlas.

Esta tarde una abuela y su nieta (lo deduzco por la edad que tenían) pasearon durante un buen rato, arriba y abajo, sin cesar. Casi siempre iba delante la abuela, y un paso por detrás, la nieta, de unos siete u ocho años. La abuela hacía un gesto y la niña lo imitaba. Ese juego las aburrió y luego simplemente pasaban una al lado de la otra. No me recordaba a mi abuela y a mí porque la única que parecía hablar era la niña y quien la miraba embelesada, la anciana. 

Luego vinieron a pararse justo en medio de mi ventana, una pareja de novios, chico y chica. Ella gesticulaba mucho, él asentía mucho con cara de circunstancia. El tintineo de las pulseras de la chica impedía escuchar con claridad lo que decía. Algo sobre estar hasta los huevos de la discriminación de su suegra. 

Por lo general, con la llegada de la noche el bulevar se vacía de gente y se llena del olor a fritanga de la cena. Hoy empezó así, pero a eso de la una y media empezó a llegar gente. Chocaba, porque algunos iban vestidos con pijama. Fueron desapareciendo mucho más lentos de lo que había aparecido. Aún ahora, dos horas más tardes, queda una familia con un adolescente al que se le está cambiando la voz. Es estridente, meliflua, cantarina y desafinada. A pesar de la madrugada, lleva un rato llamando a todos sus contactos, preguntado: ¿Lo has sentido? Ha sido tremendo, tío. Casi me cago de miedo. Pensaba que se nos iba a caer todo encima... Estoy tentada de asomarme por la ventana: ¡Eh, chaval! ¿Qué móvil tienes? ¿Qué marca es? 

¿Cómo diablos no se le ha acabado ya la batería? 

domingo, 30 de julio de 2017

Para quejarnos ya estamos nosotros

A veces pienso que debería cambiar el nombre de mi blog por el de El Muro de las Lamentaciones o Quejiditos; incluso El Diván del Psiquiatra estaría bien. Creo que el 99% de mis entradas tratan de temas que van mal o peor en mi vida y en la parte del universo que me ha tocado vivir. 

Hace un rato quise volver a comprobar cómo va el asunto de Venezuela y, como había cerrado el twitter de Hasler Iglesias, puse en Google: Twitter + Iglesias + Venezuela, y me mandó directamente al Twitter de Pablo Iglesias. Soy despistada por naturaleza y no me había percatado de la coincidencia de apellidos. 

Aprovechando que ya estaba ahí, le he echado una ojeada. Muchas críticas al El País (¿eing?), muchas críticas al PSOE (eso lo comprendo), pocas a Rajoy y su gobierno (¡con la que nos está cayendo con estos!!!). Y quejas, montones de quejas entre tanta paja, quejas semejantes a las mías, pero no personalizadas. 

¿Ya está? ¿Un diputado sólo puede hacer eso? Quejarse como yo. Aunque esté en la oposición, ¿un diputado no debería ser parte de la solución? ¿Ese twitter no debería estar lleno de propuestas? Si no hay plazas de colegio para los niños en Madrid, ¿no debería proponer a esos padres manifestarse? Si le duele, como a la mayoría, que en el Mediterráneo siga muriendo gente, que proponga un aumento de presupuesto para salvamento marítimo. Él puede. Nosotros, no.

Sobre héroes

Siempre me llamó mucho la atención que algunos partidos políticos sean afines a regímenes claramente dictatoriales. Si esos políticos que sirven de cobistas a personajes como Maduro, hubieran tenido la mala suerte de ser sus conciudadanos y querer compartir el poder político con él, seguramente terminarían encarcelados. ¿Qué pasaría si un grupo de políticos, por muy de izquierdas que fueran, quisieran independizar una parte del territorio de Venezuela? 

Me recuerdan a esos señores achaparrados de piel carbonizada que se tatúan una cruz gamada en el cogote o esos tipos rubios y altos pero con la inteligencia necesaria para respirar, caminar y no mearse encima, que gritan a cada paso: Heil Hitler

Desde la distancia y la ignorancia es fácil apoyar a los dictadores. Desde cerca, ir contra ellos, defender las libertades y la democracia, es jugarse la vida. Y a pesar de ello, miles de personas lo hacen. Uno entre ellos, mi nuevo héroe:



Sale a cuenta

Es beneficioso para el ego masculino ser machista. 

Llamo a Guille para pedirle explicaciones por su insulto y por primera vez, después de marcharse inopinadamente la madrugada del uno de enero, expone su punto de vista. Dice que le he sacado el piso de Barcelona, un coche, un tercio de su empresa y que aún me quejo. Incluso está molesto porque no quise seguir en el estudio de Málaga y compartir los gastos con su compañero, el que me es tan grato como una patada en el estomago. Su forma de hablar hace parecer que todo, hasta mi voluntad, le pertenecía. No dice nada del préstamos con el que me ha lastrado la economía, ni que el piso de Barcelona ya era mío antes de casarnos, ni la decena de decisiones que ha tomado y me perjudican. 

Dejo que se explaye sin contradecir ninguna de sus afirmaciones. Se convierte en un soniquete al otro lado del teléfono. Recuerdo y me avergüenzo retrospectivamente de las veces que he llevado la razón a los hombres que, tras un divorcio, se han quejado de haber tenido que dejar la casa a su ex e hijos, aunque sólo ellos, los hombres, la habían pagado. La inercia machista de ningunear el trabajo de las amas de casa está tan arraigada en nuestra sociedad que la seguimos sin recapacitar. 

Me ha llamado puta porque hace tiempo le dije que si se iba, no habría otro. No le explico que ese iba era un eufemismo de mueres

Diecisiete horas. Un juez pondrá una firma en un papel y será como las tijeras que cortan un cordón umbilical. En el futuro, ya nada me unirá a él. 

Perspectivas

Guille me llama para escupirme una única palabra: ¡Puta!


Se enteró de que tengo novio.






sábado, 29 de julio de 2017

El odio

Uno de los conductores militar que me llevaba al colegio los lunes de madrugada, me solía preguntar: ¿Qué tienen todos los coches y que, sin embargo, no les sirve de nada? La respuesta es el ruido. Pero, después de reflexionar, creo que estaba equivocado: ¿cuántos atropellos habrá evitado el ruido? 

Voy a la casa de mi madre donde siempre está puesto en la televisión un programa muy aburrido de gente famosa por pura endogamia. Los mismos que critican a los que llaman fea a la hija de Belén Esteban, acribillan a preguntas a una señora con evidentes muestras de estar colocada por la medicación. Mi madre me explica: Es la mujer de Jesulín. Está enferma, en una clínica mental malagueña. Lo de mental lo había deducido porque esa mujer tiene el mismo rostro impávido que mi madre mantuvo durante la mayor parte de diez interminables años. A esa mujer con algún problema mental está bien que no la protejan porque los personajes del programa de la farándula han enseñado a su público a odiarla. 

¿Sirve para algo el odio? La evolución, supuestamente, sólo deja lo que nos hace más fuertes ante la supervivencia. ¿Por qué odiamos? 

Una de mis amigas del grupo de las divorciadas aseguraba que antes de separarse de su marido llevaba meses odiando incluso su respiración. Casi siempre comía con los auriculares puestos -escuchando conferencias, le decía a su marido para no ofenderlo- porque estaba convencida que le arrojaría la comida a la cabeza por su forma de masticarla. Se divorció, se echó un novio y tuvo una hija con él. Volvió a separarse. Algo productivo sacó: la niña. Ahora ya no odia a nadie. 

¿Odio a alguien? Debería odiar a Guille por su forma de dejarme, pero la tristeza por saber que el Guille al que quise ya no existe, es como si hubiera muerto, lo invade todo y no me permite odiarlo. 

Sí odio a los políticos. A los nacionalistas por querer imponerse sin importales lo que pensamos sus ciudadanos (el referéndum es una tomadura de pelo unilateral que servirá para gastar un pastón de los impuestos). Y a los otros, por tardar tanto en atajar un problema que está causando problemas económicos en Cataluña (supongo que lo harán a posta, para meterse en el bolsillo a los empresarios catalanes). 

¿El odio nos hace más productivos? ¿Es realmente necesario, o se trata de un apéndice que la evolución aún no ha tenido tiempo de desprendernos totalmente de él?

jueves, 27 de julio de 2017

Conversaciones robadas: El placebo de lo caro

Echo en falta mi antiguo barrio. Lo conocía y la gente me resultaba familiar. De algunos, a pesar de mi poca curiosidad y nula inclinación a los chismorreos, sabía mucho más de ellos de lo que podrían imaginarse. Aquí, de momento, todos son desconocidos.

¿Qué desdichas lastrarán la vida de una de mis vecinas que se llama Concha? De momento sé que debe soportar la estulticia de su padre. Es muy poca cosa. Mi madre diría de ella que los nervios y el trabajo no dejan que la chicha se le pegue a los huesos. La veo salir casi todas las mañanas vistiendo un uniforme tipo pijama que lo mismo puede ser de enfermera que de limpiadora.

Hoy estaba en la farmacia.

Ella: Me lo puedes cambiar, por favor. Dame el otro.
Farmacéutico: Pero ese no te lo cubre el seguro.
Ella: Lo sé.
Farmacéutico: Le has dicho que es el mismo medicamento pero con diferente caja.
Ella: Sí, y que no tenemos dinero. Pero se ha emperrado en que el genérico no le hace efecto.

El farmacéutico metió la caja de medicina en una bolsa pequeña y de 50 € devolvió algunos céntimos a mi vecina.

Ella, a la par que salía: Lástima que no lo tengas en supositorios.

Heroínas

Mi familia es muy extensa. Montones y montones de primos que he intentado contabilizar media docena de veces, pero me aburro antes de concluir. A la fuerza tenemos ovejas negras. Mi primo Jose (sin acento) es una de ellas. Como estuvo pinchando durante dos meses en Ibiza durante la temporada baja, se cree DJ, y así se presenta. Piensa que ese trabajo le da beneplácito para meterse en el cuerpo toda clase de sustancias legales (en grandes proporciones) e ilegales (con escasa moderación). La vida de mi primo Jose es como una onda de sonido: llena de altibajos a intervalos regulares. Se desintoxica, se confía y vuelve a empezar. Aunque su hija María del Mar lo admira y quiere, en cuanto se percata que está en uno de los momentos nefastos de su existencia, huye de él como si tuviera una enfermedad contagiosa. Ahora que es mayor, lo más fácil para ella sería caer en la tentación de lo que le ofrece el padre como si fuera algo inocuo. Es digna de admiración. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Calor

Creía que llovía y me he levantado de un salto para verlo. La lluvia se ha vuelto tan extraña como la nieve en invierno en estas latitudes. Ya es un espectáculo difícil de ver. Pero no era lluvia. Alguien riega las plantas a estas horas. Junto con el estruendo de un aire acondicionado, es el único ruido que se escucha. No suele haber tanto silencio en mi nuevo barrio. Está lleno de casas nuevas, con buena insonorización, pero por aquí a la gente parece gustarle comunicarse a gritos. Aún no llevo dos meses viviendo aquí y ya estoy pensando en mudarme de nuevo. 

Treinta y dos grados centígrados dentro de casa. Cuando regresé de correr, en este barrio imposible hacerlo antes de oscurecer, tuve la absurda idea de refrescarme con colonia pulverizada. En los brazos, las piernas y el estómago no pasó nada. En el cuello fue como recibir una ducha de ácido. La piel está irritada por culpa del sudor. Parece piel cocinada a fuego lento. 

Me gusta que Mickey se quede a dormir. Pero hoy no podía. Su presencia me obliga a permanecer en la cama. Sin él, me parezco a Rambo, el perro de su hermano. Es un animal muy tranquilo y perezoso, listo. Busca el trozo de suelo más fresco de la casa y se tumba, hasta que su cuerpo lo calienta y se arrastra hasta otro puñado de losetas frías. Hago lo mismo que Rambo. Duermo en el suelo, con la cabeza apoyada en un cojín que se empapa de inmediato en sudor, hasta que la solería se calienta y busco otra parcela fresca. El amanecer y la hora de levantarse suelen llegar antes que el sueño. 

La jauría

Comienzo a leer un artículo en El Ideal donde una esclava sexual de Daesh relata su calvario, pero paso la página antes de terminarlo. Hay detalles que prefiero no conocer. No necesito saber que una niña de 10 años era violada y su única forma de intentar protegerse era gritar llamando a su madre. 

Me doy cuenta que soy una cobarde. 

¿Y si emitieran esos testimonios dentro de los programas del corazón que ve mi madre y que suelen ser de máxima audiencia? ¿Haría que la sociedad fuera solidaria con los refugiados? 

Mickey cree que no. Existe un sector de la sociedad que ha nacido para vivir en Un Mundo Feliz. Se dejan manipular y manejar, sin ningún espíritu crítico. Su profesión de profesor lo obliga a leer libros extraños. Tiene por costumbre dejar libertad a sus alumnos para que escojan. Él también disfruta o sufre esos libros para poder hacer preguntas. Y como casi todas son mujeres, dentro de sus neuronas se conserva el recuerdo de novelones contemporáneos de escritoras desconocidas, más eróticos que románticos, donde se idealizan las violaciones. Un protagonista que, por fuerza mayor (despecho, un malentendido, una amenaza...), viola a una mujer y ella, sin quererlo, disfruta. La mujer termina enamorada del violador. En la televisión ocurre lo mismo: se idealiza la crueldad. La misma tía que denigra a los hijos de otros, exige respeto para la suya, la que ella misma ha convertido en un objeto mediático. Y la gente le da la razón

Le digo que tiene muy poca fe en las personas. Pone el canal Telecinco. Trágatelo hasta que me despierte de la siesta... Una jauría humana critica a una compañera por tener un novio mayor que ella. En cuanto la respiración de Mickey es la de un durmiente, apago la tele. 

martes, 25 de julio de 2017

El hilo

Mickey asegura que no le importa si lleno el cuaderno que me regaló exclusivamente con las palabras escuchadas en un dictado de frases absurdas; pero que le gustaría que inventara un cuento para él. Le digo que no es fácil. Necesito un hilo del que tirar, algo que sea el principio de la historia. Tardó un par de horas en decidirse. Un osito de peluche ensangrentado, dice. Supongo que en su cabeza la historia ya tiene principio, desarrollo y fin. ¿Un osito de peluche en el escenario de un crimen? ¿Entre los hierros de un accidente de tráfico? ¿Sangre reseca y marrón en un osito de peluche manido en el altar de una niña difunta? 

¿O un osito de peluche gigantesco, tamaño persona? Una casa de veraneo, llena de gente conocida, toda una familia numerosa. Con el calor que hace, a alguien se le ocurre disfrazarse de osito de peluche porque la dueña confesó que eran su fantasía sexual. La aparición repentina del osito en la cocina, hace que la dueña lo apuñale en el estómago. No se atreve a quitarle el disfraz por miedo a encontrar bajo la cabeza de peluche a alguien querido. Temiendo las consecuencias, cárcel por homicidio involuntario, lo arroja a un pozo seco de la finca. Al día siguiente nadie echa en falta a nadie. ¿Quién era el disfrazado? Pasan los días, todo sigue igual y no parece faltar ninguno de los invitados. La dueña piensa en volver al pozo para ver el rostro del extraño, pero está muy hondo. Se marchan y el conocido a quien nadie echa en falta porque existe gente invisible, sigue pudriéndose en las profundidades del pozo. 

¿Quién se atreve a darle forma al cuento?

Palabras

Mickey me ha comprado un cuaderno. Es grueso, con minúsculos cuadraditos apenas insinuados en el papel, como si se tratara de hojas milimetradas. Confiesa que le ha costado muy poco. Comprado en uno de esos supermercados gigantes donde lo mismo puedes adquirir una sombrilla para la playa, unos supositorios para el estreñimiento o una camiseta rebajada con el logo de Barcelona '92, que algún lumbreras pensó que este año volverían a estar de moda. 

Dice que como tiene muchas páginas y es barata, no me importará hacer tachaduras o arrancar hojas. Me lo ha comprado para que lo llene de palabras y no me olvide de ellas. 

No estamos solos

Poco a poco Mickey me cuela en su mundo. Hoy hemos desayunado con uno de sus amigos, Iván el Terrible. Su sarcasmos es el culpable del apodo. Trabaja de publicista en un importante periódico de Málaga y algo se le debe de haber pegado de la perfección de los modelos a los que se enfrenta porque venía para ver la Alhambra pero parecía arreglado para darse un paseo en uno de los yates de Puerto Banús. 

Es una persona muy contradictoria. Asegura que quería mucho a su padre, pero también que cuando era niño rezaba todas las noches para que se muriera, las razones no nos las ha contado, aunque su verborrea es como una metralleta soltando balas. Da la sensación de que quisiera relatar toda su vida y sus pensamiento más profundos en menos de cinco minutos. 

Sigue rezando, pero ahora quiere que muera su empresa. Está cansado de que lo obliguen a hacer propaganda encubierta, disfrazando de artículos periodísticos lo que es simple publicidad. La novedad de tal supermercado del que todo el mundo habla... suele ser el titular de esos falsos artículos. O La prenda de tal tienda de ropa que vuelve locas a las famosas (prenda que, por lo general, es fea o de un color que no pega con nada). 

Mickey se me adelanta. También él se ha visto obligado a hacer cosas que no son éticas. Aprobar a alguien por ser familia de alguien apegado a sus jefes. Y yo, burlar las normativas para satisfacer las necesidades de algún cliente. 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra. 

Al menos, ya no quiere que mueran personas. 

sábado, 22 de julio de 2017

El asesinato de un escritor

La confianza entre Mickey y yo aún es como un río que hay que saltar, vadear o mojarse cada vez que queremos salvarla. Pide permiso para venir a casa, para quedarse a dormir, para beber algo del frigorífico... incluso para husmear entre los libros de la estantería. Pero cuando encuentra un cuaderno lleno con las historias que me contaba mi abuela, lo abre sin más. Interroga, pregunta. Le cuento su origen y le doy un bolígrafo rojo para que corrija las faltas de ortografía. Me alaga leyéndolo durante más de media hora, aunque cuando acaba, es como si sobre las páginas del cuaderno hubiera diluviado tinta roja. Dos faltas de ortografía en medio cuaderno, para mí, no está mal. Pero también me ha corregido el estilo. Tiendo a enredar las frases poniendo las palabras en un lugar que no les corresponden. Quiere traerme uno de los libros de lengua que utiliza con sus alumnos, pero rechazo su ofrecimiento. Si tuviera que ocuparme del estilo, me olvidaría de las palabras. 

Mi cuaderno lleno de historias hace confesar a Mickey: Hace años maté a un escritor. Se llamaba Marcos. Era profesor de literatura. Había escrito una novela pretenciosa, aburrida, con personajes vacuos, enrevesada y sin estilo. Se la dio a leer a Mickey, pero él fue incapaz de decirle la verdad. Su ambigüedad le dio valor al profesor de literatura y la envió al Premio Planeta. Aquel tipo estaba convencido que iba a ganar. Hacía comentarios del tipo: Qué ganas tengo de perder de vista a estos mentecatos (refiriéndose a sus compañeros y alumnos). Hasta tenía escrito el discurso de agradecimiento porque le dijo a Mickey que lo mencionaba. Desde el día del fallo del premio (se lo dieron a J.J. Millás), dedicó todas sus energías a odiar y menospreciar a todos los escritores que habían ganado algún premio de renombre en nuestro país. 

Mickey está convencido que si hubiera sido sincero con su compañero, le habría dado ánimos para reescribir la novela más centrado, con conocimiento de los errores que cometía; tal vez se hubiera apuntado a una clase de escritura creativa o comenzado por algo más sencillo como simples cuentos. Se arrepiente de haber callado. Pero yo estoy convencida que, si le hubiera dicho la verdad, el profesor de literatura no estaría odiando ahora a un puñado de escritores: odiaría a Mickey por haber matado su sueño. 

Fastidiosa realidad


A Mickey le asombra mi fascinación por los terremotos. Nos alternamos para escoger los documentales en la televisión. A los dos nos interesan los que tratan del nazismo o la shoa o los que relatan los últimos días de Hitler. Pero de esos sólo nos quedan por ver algunos que tratan el tema desde el punto de vista del esoterismo, lo que me parece una mofa de las víctimas, una completa falta de respeto, mayor que los chistes de mal gusto que rondan por la red. Por eso a él le toca soportar los documentales que tratan de terremotos y yo finjo aburrirme con las biografías de personajes importantes, como Napoleón o Buda. Si realmente me aburro, como con la biografía de Cantinflas, me refugio en Internet. 

He encontrado una web donde informan de los terremotos en tiempo real, y en la que la gente normal y corriente hace comentarios de lo que han sentido. Escriben en su idioma original y la propia web lo traduce al idioma seleccionado. La traducción de uno de los comentarios, dejado por alguien que sintió una réplica del terremoto de Grecia de hace dos noches, era Batido de luz. ¿A qué podría referirse? Imaginé que, tal vez, aquella persona vivía en una casa con las ventanas tapiadas por frondosas copas de árboles, y que el terremoto las agitó, dejando penetrar la luz de forma intermitente. O que era de noche y el terremoto hizo que se balanceara la lámpara del techo, llenando la habitación de luces y  sombras. 

Mickey leyó por encima de mi hombro. Light shake significa ligera sacudida. 


miércoles, 19 de julio de 2017

La historia interminable

Si el autismo tuviera cura, creería que yo lo fui durante la primera etapa de mi vida, porque las cosas ocurrían a mi alrededor, pero yo no era muy consciente de ellas.  

Cuando en una reunión entre conocidos sale el tema infancia, y yo cuento que la pasé prácticamente toda sin salir de un internado de monjas, la gente siente conmiseración por mí. En parte es comprensible porque los periódicos están llenos de noticias de abusos físicos o sexuales a niños por parte de los religiosos. El mismo hermano del papa Ratzinger admite que abofeteó a los niños de su coro y a reglón seguido asegura que habría intentado evitar los daños a los niños de haberlos conocido. Aterra imaginar qué considerará ese hombre malos tratos. 

Las monjas de mi internado no eran así. Nos querían y lo demostraban, con la suficiente distancia que se requiere a un profesor. Para las pocas que nos quedábamos los fines de semana en el internado -yo lo hacía con mucha regularidad-, nos tenían preparados dulces de postre en las comidas y merienda, que luego exagerábamos ante quienes se habían ido, y películas infantiles de vídeo de la última década, extremado signo de modernidad porque estábamos acostumbradas a ver con las demás alumnas, las rodadas durante la dictadura por niños prodigio que aún, por aquel entonces, aparecían en las revistas del corazón, ya convertidos en cascajos humanos. 

Fue allí donde vi por primera vez La Historia Interminable, aunque yo estaba convencida que había visto otra versión, más completa y muy diferente. Hasta era capaz de describir la librería, semejante a la que había visitado con mi tío Fermín en Madrid, y Bastian era clavadito a mi primo Paco cuando era niño. Yo sólo lo había conocido de adulto, pero en casa de mi tío había ciento de fotografías suyas cuando era tan alto como ancho, regordete, redondo, de carrillos rojos como tomates maduros. Tardé mucho en comprender que las imágenes de mi memoria pertenecían a lo imaginado durante la lectura del libro, y no a lo visto en una pantalla de cine.




lunes, 17 de julio de 2017

El sabor del milagro

Esta casa está llena de ruidos extraños. Las persianas son de aluminio, excesivamente ajustadas, y cuando menos lo esperas ¡crack! suelta un crujido de hueso quebrado. Como tengo la ventana abierta y estoy a muy pocos metros del suelo, todo el que pasa por la acera parece colocarse durante unos segundos en el piso. Sus respiraciones, sus toses, sus canturreos... parecen emitidos junto a mi oreja. Y a lo lejos, un perro aúlla lastimero. Seguramente porque los dueños lo han dejado encerrado en el balcón.

A mi madre no le gusta escuchar esos aullidos. Está convencida que vaticinan alguna desgracia. 

La primera vez que lo escuchó, hubo una masacre, decenas de muertos. ¿Cómo compensar con raciocinio lo que parecía el fundamento de una superstición? 

Cuenta que por aquél entonces la obligación del cumplimiento de las leyes municipales era más laxa. No estaba permitido tener en los patios de las casas del pueblo animales, pero nadie hacía caso a esa ley. Conejos, gallinas, palomas, tórtolas, pavos, patos... hasta cerdos y alguna que otra vaca. El pueblo apestaba, pero sólo para los extraños. El olfato de los autóctonos se había acostumbrado al hedor. 

A una noche del lastimero llanto de un perro, le siguió una mañana de terror. Más de una docena de conejos habían muerto y un cerdo estaba enfermo. Eso fue el primer día, al siguiente no quedaba ni un conejo y los cerdos enfermos eran muchos. A los demás animales no les afectaba la epidemia. 

Una vecina de mi abuela le regaló a mi madre un par de cerditos. Un macho y una hembra. La mujer era de espíritu sensible y no creía soportar ver a sus gorrinos morir. Pero aquellos marranos aguantaron. Todo el pueblo sin cerdos y aquellos dos seguían engordando para su san martín, completamente sanos y lozanos. La hembra incluso se quedó preñada y soltó una piara enorme que fueron vendidos en cuanto los destetaron, exceptuando a dos, que le regalaron a la dueña original de los gorrinos. ¿Tiempo que tardaron en morir los cerditos? Una semana. Por eso, desde aquel momento, llamaron a mi madre La niña de los milagros. Lo prefería a Turrón de azúcar, que era su mote original. Pero, de milagro, nada. El veterinario le aconsejó que encalara la pocilga un par de veces al año y que una vez a la semana lo desinfectara con Zotal. Lo hizo, como el resto del pueblo, pero lo de encalar la pocilga lo pasó de una vez al año a una al mes y lo de desinfectar, a días alternos.

Como no quiso probar la carne de sus cerdos, tuvo que confiar en quienes sí lo hicieron para saber que, a pesar de sus temores, los filetes de lomo y los chuletones de jamón, no sabían a Zotal. 


sábado, 15 de julio de 2017

La anfitriona


Hoy huelo como Dolores, una amiga de mi abuela. La mujer sofocaba el hedor del sudor con agua de colonia. 

Sudo. Me ducho. Media hora después el sudor vuelve. Las gotas me recorren la espalda como animales reptando. Bajan entre los pechos, esquivan el sujetador y llegan al ombligo. La camiseta es un trapo mojado. Ayer, a las siete de la tarde, el termómetro frente al Corte Inglés de la Acera del Darro marcaba 42ºC. Hoy no sé. Tal vez uno o dos grados menos.

Las bicis nos esperan en el pasillo de la entrada. Pero aún hace calor para cogerlas. Queremos dar un paseo por los alrededores del cementerio y la Bola de Oro para comprobar el alcance del incendio. Mi madre las roció esta mañana con agua bendita. Ha traído del santuario de Lourdes un bote con forma de virgen. Dice que es peligroso montar en bici por culpa de los borrachos y drogatas. 

La amiga de mi abuela se tomaba muy en serio sus invitaciones a merendar. Nos preparaba chocolate muy espeso. Sobre el chocolate ponía nubes, que era merengue hervido en leche. Las nubes las adornaba con hilos de caramelo. A mí sólo me gustaban las nubes de merengue. Cuando volvía a casa, le pedía a mi madre o hermanos que me las hicieran, pero a nadie le salía como a ella. 

De aquellas reuniones, la merienda era lo de menos. 

Recuerdas cuando un rayo partió la higuera de la plaza una noche que no había ni una nube en el cielo... Recuerdas cuando el perro de la Antoñita se volvió loco y mordió a más de seis personas, todas de la familia de los Tiznaos... Recuerdas cuando el cura de la catequesis nos decía que los pecadores siempre revivían en el ataúd y arañaban la tapa... 

Al otro lado del miedo

Mentí. Siempre dije que me había enamorado de Guille desde el principio, desde que gateaba por mi despacho atento a sus planos extendidos en el suelo, con la corbata echada sobre el hombro para no pisarla y la camisa salida que permitía ver los hoyuelos del final de su espalda. Al principio, en realidad, sólo fue un capricho. Era el tío bueno del despacho, tras el que todas iban, y él sólo me hacía caso a mí. Tuvieron que pasar algunos meses desde el inicio de nuestro noviazgo para que me enamorara realmente de él. Dos días antes de nuestra primera navidad juntos, nos tocó 300 € en la lotería nacional. Yo pensé en darnos un homenaje en algún restaurante bueno de la ciudad, él no, él propuso comprar mantas y repartirlas entre los pobres. Fuimos a un mayorista y, si mal no recuerdo, conseguimos 32. Treinta compradas y dos regaladas. Eran buenas mantas, pero muy feas, a cuadros marrones y morados. Cada vez que, en años sucesivos, veía a un indigente envuelto en una de aquellas mantas, me emocionaba hasta las lágrimas. Me enamoré de Guille porque era generoso. 

Durante una década fui incapaz de encontrarle defectos. El divorcio ha destruido el temor a molestar de muchas personas que me han dicho qué piensan de él. Es un estirado... Es un esnob... Nos miraba a todos por encima del hombro como si fuéramos moscas revoloteando un excremento.... Ese tío creía cagar diamantes... Ya no importa cómo es. Nada me une a él. Ayer renuncié al 34% de su empresa de drones, y aunque el divorcio me ha dejado con una economía muy precaria, al borde de un abismo porque el trabajo, aunque se acabó la crisis, sigue escaseando; hacía mucho tiempo que no me sentía tan libre. 

jueves, 13 de julio de 2017

La señora de las pócimas

Madre: ¿Sabes quién ha muerto?

Poco a poco mi madre vuelve a su costumbre de llamarme por cualquier nimiedad. Después de abandonarme Guille dejó de hacerlo. Temí que estuviera enfadada conmigo, que me culpara de lo ocurrido, pero sólo la retenía su miedo a encontrarme llorando porque, asegura, no habría sabido cómo consolarme.

Yo: ¿Quién?
Madre: Paca.

El mundo de mi madre se divide entre la realidad y la ficción de los personajes televisivos. A veces me habla con tanta cercanía de gente de la farándula, que los confundo con familiares. 

Durante una tarde, por una de sus llamadas, creí que mi prima Belén y su padre Antonio andaban con problemas judiciales (tienen tierras y una tienda en común); pero mi madre hablaba de Belén Esteban y del representante de la ¿artista?

Yo: ¿Paquita Rico?
Madre: No, Paca la farmacéutica

La memoria de mi madre retiene con todo detalle los malos momentos del pasado, por muy remoto que sea. 

A Paca la conocimos una tarde de invierno en la que toda la ciudad de Málaga parecía necesitar medicamentos para el resfriado. La farmacia estaba atestada, pero en cuanto entramos nosotras, nos dio preferencia. Pero, ¿cómo la sacas así? Pobrecita, si tiene que estar ardiendo de fiebre. ¿Aspirina infantil? Mi madre asintió aturdida, le dio las gracias por habernos colado y salimos. En realidad entramos en la farmacia para comprar a mi padre, que estaba ingresado, unos caramelos de menta con forma de gominola que le gustaba chupar siempre que la quimioterapia no le había llenado la boca de quemaduras. Me llevaba cogida de la mano pero no se había dado cuenta de mi enfermedad. Yo sólo me había quejado de cansancio. Pero eso era algo muy normal en mí.

A la farmacia volvimos en otras ocasiones. Y como mi madre es de darle palique a los desconocidos, se terminó enterando que aquella mujer y mi tío Alfonso eran vecinos. 

Mi madre siente remordimientos por lo ocurrido, pero a mí no me importa. En realidad, de no ser por ella que me ha contado la historia un montón de veces, es como si no hubiera ocurrido nunca. Lo único que me importa de los hechos, saber si al final conseguimos los caramelos para mi padre, ella no lo recuerda. 

El gilipollas que soñaba con cerillas

Los helicópteros sobrevuelan el cielo granadino dirección al cementerio de San José. Los helicópteros me hacen recordar la película Apocalipsis Now. La película a The Doors. El grupo musical a El Jinete Polaco. Disfruté mucho leyendo ese libro. Giro la cabeza y en la mesa de al lado tengo Patria, con el marcador a muy pocas páginas del final. A la mayoría de la gente le ha gustado ese libro. Para mí es como un hueso de pollo atravesado en el gaznate. Los buenos de ese libro son muy buenos y los malos unos amargados por las circunstancias de la vida. Puede que fuera así en realidad; pero algo falla. He conocido militares que pensaban que la solución vasca era una referéndum de autodeterminación y otros que pensaban que debían cerrarles las fronteras y arrojar bidones de gasolina para quemarlos a todos. Mala leche divina, como en Sodoma y Gomorra. 



Otro helicóptero pasa, aunque el periódico dice que el incendio está estabilizado. 

Del incendio me enteré de regreso a Granada. Mi madre me llamó. Mañana ve a visitar la tumba de tu padre. A ver cómo ha dejado el humo el cristal del nicho

Tres focos. Corre un viento tan caliente que reseca el sudor de la piel y la ropa dejando las marcas blancas de la sal. Esta mañana nadie daba los buenos días. Las ocho de la mañana y cuarenta grados. Las dos de la tarde y cuarenta y cinco grados... Un día propicio para provocar incendios. 

Todos los años ocurre lo mismo. En esta ciudad hay un gilipollas con ganas de quemar el bosque de la Alhambra. Quien empieza quemando libros, termina quemando personas. Quien empieza quemando bosques, ¿cómo termina?

miércoles, 12 de julio de 2017

Necesitamos un héroe

Mientras escribo esto suena en Youtube el We Don't Need Another Hero de Tina Turner. Pero en realidad nosotros sí necesitamos un héroe. He buscado en la red (ahora todo está ahí). ¿Dónde habrá uno en la actualidad? Lo he encontrado en los EEUU.


¿Y si invadimos EEUU y hacemos a Michael Moore ciudadano español? 

Hasta hace poco no había visto muchos documentales de él. Me impactó mucho Bowling for Columbine. En EEUU un ciudadano ciego puede conseguir una licencia de armas. Claro que aquí, a mi vecino Daniel el Cuerdo también se la concedieron. En Andalucía los motes suelen reflejar la cualidad o defecto contrarios a los que sobresale en una persona. Aquí, al Cyrano de Bergerac, lo llamarían El Chato

Los documentales de Michael Moore acojonan mucho. No creo que haya ningún norteamericano que ame más a su país. Para amar un país hay que ser crítico con él, percatarse de sus defectos e intentar resolverlos. Pero da miedo que nuestros políticos tomen como ejemplo la situación actual de los norteamericanos y quieran imponérnosla. ¿En serio tu propia compañía de seguros -que pagas o paga tu empresa por ti- puede negarte un tratamiento por considerarlo caro? ¿No conocen las vacaciones pagadas? ¿No tienen derecho a pagas extras? ...

Aunque puede que aquí Michael Moore decepcionara. Muchas personas que tienen mis mismas ideas socio políticas son incapaces de censurar a personajes como Maduro o regímenes tan extremista como el de Corea del Norte por considerarlos de los suyos. 

Pero prefiero pensar que no, que incluso aquí, Michael Moore sería una mosca cojonera para los políticos. 

Tras Rajoy: Oye, tío, ¿en serio que no sabías nada nada de la financiación ilegal del PP? ¿Nos tomas el pelo? 

Tras Pablo Iglesias: Venga, tío, qué te cuesta? Una pequeña censura a Maduro, aunque te ampares en la locura de ese majareta.

Tras Puigdemont: En serio, tío? ¿Después del pollo que has montado te acojonas y le pasas la patata caliente a Junqueras? ¿Pero, de qué vas? ¿Te das cuenta que estás jodiendo la economía de los ciudadanos normales? 

Sin duda, necesitamos un héroe que defienda a los más débiles de este país. Es decir, a cualquier ciudadano que trabaje para vivir y a todos aquellos que quieren pero no pueden porque nuestros políticos están demasiado enfrascados peleando entre ellos, metidos en berenjenales que no importan a nadie, para resolver problemas reales como el paro. 

martes, 11 de julio de 2017

El miedo y el coco

Cinco ratoncitos de cola gris,/ mueven las orejas, / mueven la nariz. / Uno, dos, tres, cuatro, / corren al rincón, / porque viene el gato.. / a comer ratón. 

Canción infantil

Los periódicos nos asustan. Advierten de un terremoto grande e inminente. Aquí y en Los Ángeles. Qué extraño, que mismos hechos distanciados por continentes y miles de kilómetros, nos una a mi hermano, cuñada y a mí. 

Cuando el verano llega, la gente se va de vacaciones y, exceptuando los accidentes que hay por los traslados del centro de las ciudades a la costa, los periódicos se llenan de noticias que realmente no lo son. La última: la de los terremotos. Al menos la advertencia de los estadounidenses está justificada porque Trump ha hecho recortes importantes en el sistema de aviso de terremotos, del que ya gozan, con muy buenos resultados, los japoneses. Pero, ¿qué propósito tiene el advertir a los españoles y quedarse ahí? Deberían, al menos, dar algunos consejos. Ejemplo:

Si vives en un edificio construido después de 2002: estate tranquilo en casa. Métete debajo de la mesa para que no te caigan muebles y objetos de adorno en la cabeza. Mantente lejos de las ventanas. 

Si vives en un edificio construido entre 2002 y 1979: Ponte bajo una viga estructural o el dintel de una puerta. En cuanto el terremoto cese, sal corriendo a la calle porque si hay una réplica, seguro que tu edificio colapsa. 

Si vives en un edificio construido antes de 1979, ante un terremoto: reza.

Menos mal que los periódicos, en esta época, por lo general, sólo sirven para abanicarse o cubrir la cabeza de quienes dormitan tumbados en la playa. 

Sismógrafo de Chimeneas hoy. Los gurruños de tinta son sismos

domingo, 9 de julio de 2017

A Dios rogando ...

Siempre pensé que el agua bendita de la iglesia de mi colegio la aliñaban con colonia. Cuando los miércoles, día de misa obligada, entraba a primera hora de la mañana, olía a lavanda. Y dudo que fuera efluvios desprendido de las hermanas. Ellas no se permitían ningún gesto de coquetería. Exceptuando un mínimo (sí, está subrayado) de higiene. Luego la iglesia se llenaba y el hedor a animal encerrado y a cera quemada, devoraba el delicado perfume.

Supongo que Mickey es culpable de que estos días recuerde más que nunca mis días escolares. Hoy anda lejos, en Almería. En un evento familiar. Mis hermanos y cuñadas en Barcelona y Valencia. Mis amigas las divorciadas, en la playa de Málaga. Y mi madre en Loúrdes, poniendo velas a todo dios. En ese "a todo dios" incluye a Montoro (el ministro de Hacienda). Asegura que ese tío tiene el alma muy negra, porque, ¿cómo permite que una pensionista que cobra 500 euros al mes tenga que pagar 1.000 euros en una dentadura postiza y tratamiento dental? (se refiere a mi tía Lola, que se encuentra en esa situación).

Hace un rato me mandó un whatsapp. ¿Quieres que le ponga una vela al desgraciado? (Guille ha perdido su nombre, ahora todos lo llaman desgraciado, ex o algún epíteto igualmente cariñoso). Llevo toda la mañana ociosa. Y, como ella temía, tener la mente ocupada en temas que no sean el trabajo, me ha hecho enfadar, y mucho; pero no con Guille, que casi llego a comprenderlo. Quien me ha hecho enfadar, hasta convertirme en una locomotora de vapor, como esos personajes de dibujos animados que se van poniendo rojos poco a poco hasta que estallan, es Puigdemont. Su obstinación y majadería no están siendo inocuas. Deberían pasarle cuentas de todos los negocios que se están perdiendo por la inestabilidad política. Por colaborar con un grupo constructor catalán, he perdido la oportunidad de proyectar un hotel en un edificio de 1870 en el centro de Málaga. Es un concurso privado por invitación. Quince participantes. Pero teníamos bastantes oportunidades. Era como un regalo para la imaginación. Nos hincan puñales quienes, se suponen, nos deberían proteger.

sábado, 8 de julio de 2017

Alguien nos recordará cuando hayamos muerto

Las flores cortadas me producen desasosiego. En el pasillo que llevaba a los dormitorios en el internado, había un jarrón sobre un arcón de madera labrada con pinta de ser tan antiguo como el edificio. A aquel jarrón iban a parar las flores que sobrevivían a la misa del domingo. Para el jueves sólo quedaba alguna rosa blanca cabezona, con el tallo flácido y la punta de los pétalos marrones. El viernes el jarrón aparecía brillante y vacío. 

Esta mañana me han regalado un clavel rosa perdido en una nebulosa de minúsculas florecillas blancas. Mis compañeros de desayuno creyeron durante 24 horas que me había suicidado. 

En la madrugada del miércoles la calle se llenó de coches de policía, ambulancias y un coche fúnebre. Una mujer se había suicidado durante la noche. Mi ausencia + suceso aparentemente en mi bloque (en realidad fue en el de enfrente) + supuesta razón (ahora todos me conocen por la divorciada) = conclusión errónea. Dos camioneros retirados que se cuenta entre los habituales a la hora del desayuno en el bar, compraron la flor y el camarero la puso en un vaso de tubo y la colocó en la barra, donde suelo sentarme.

Durante el día, por las conversaciones de algunos clientes, el camarero se enteró de la verdad. La suicida fue una señora mayor con una enfermedad terminal; sólo adelantó lo inevitable, acortando su sufrimiento (E.P.D.).

En agradable saber que alguien, que no es de mi familia, me echará de menos si desaparezco. 

viernes, 7 de julio de 2017

Cruce de caminos

Cuando era pequeña y hacía una y otra vez el mismo recorrido del destacamento de aviación al internado y viceversa, imaginaba que si el trayecto se dibujaba sobre un mapa de papel con bolígrafo, el papel terminaría agujereado porque el camino siempre era el mismo. Durante algunos años, tres o cuatro, los que duró la enfermedad de mi padre y el luto de sus amigos, mi universo no abarcaba más allá del mundo cercado del colegio y del recinto militar y los veinte kilómetros de carretera tortuosa que separaba un destino del otro. 

Poco a poco las líneas imaginarias en el mapa imaginario se fueron prolongando, llegando más lejos: Murcia, Madrid, Barcelona... Pasando fronteras: Andorra, Londres, París... Si hubiera tenido las mismas inquietudes viajeras que mis hermanos, pronto el mundo se hubiera convertido en un pañuelo. 

Para salir de la pereza de las siestas largas, Michey y yo permanecemos tumbados, dedicados a la charla. Hoy intentamos encontrar destinos en común, coincidencias en el lugar y el tiempo de nuestro pasado. Seguramente, algún día del verano de 1995 estuvimos muy cerca, tal vez a pocos metros de distancia; tumbados sobre la misma arena de la playa de la Malagueta. Pero, de habernos conocido, no nos hubiéramos hecho amigos porque durante la adolescencia la diferencia de cinco años, es un abismo. 

jueves, 6 de julio de 2017

Día de perros

Hoy no tocaba madrugar. Lo único que tenía que hacer esta mañana era dedicarla a la enésima reunión con los abogados del divorcio. Parece una historia que no terminará nunca. Le pido prestada su sala de reuniones a un compañero, aprovechando que está fuera. Normalmente las reuniones son en Madrid o Málaga, pero hoy Guille tenía asuntos por aquí. Llegan tarde, pero no me importa porque es una mañana muy extraña. Hace tanto viento que la tela gruesa que se ha soltado de uno de los toldos de los balcones de arriba, golpea con furia el vidrio. Parece un ser animado que quisiera entrar en la sala. Antes de darme tiempo a subir al piso de los dueños del desastre, la tela se desprende del todo y cae a la acera. Alguien, una mujer joven, grita: Ten cuidado, hijo de puta, que podrías habernos matado.

Sólo llega con uno de los abogados de su séquito. Guille está extraño con el pelo teñido y una grieta muy profunda entre sus cejas. Antes sólo era una arruga insignificante que solía desaparecer si le tensaba la piel. Pero ahora resultaría menos extraño que tocara la cara de su abogado, que siempre me mira con una sonrisa, que a Guille. 

La reunión es aburrida. Un rollo de informe económico de la empresa de Guille. Mientras se habla de cifras que me traen sin cuidado, fuera el viento enfurece. El vidrio doble no amortigua el ruido de los golpes de ventanas y puertas que se cierran de golpe, de los toldos sacudidos como velas de barco en un vendaval ni de las sirenas de los camiones de bomberos. 

Cuando salgo a la calle, el viento se ha apaciguado. Regreso con pereza a casa, dándole patadas a las ramas y hojas de árboles que alfombran el suelo. 

Michey y Rambo me esperan a la puerta de casa. Rambo es el perro del hermano de Mickey. Se lo cuida durante unos días porque él está haciendo obra en su casa y no podría ocuparse de él bien. Rambo necesita que le curen el hocico porque se ha cortado con una rama, con las que jugaba mientras venían del aparcamiento a casa. 

Me derrumbo en el sofá. Rambo lo hace en el suelo, a mi lado, con las patas para arriba. Quiere que le rasque la panza. Dormitamos mientras Mickey se ocupa de nuestra comida.