domingo, 3 de diciembre de 2017

La cadena

¿Cómo desengancharse de algo a lo que llevas atada desde hace más de dos meses? Todo ha sido como una cadena infinita. Un compañero italiano restauraba una casita dañada por uno de los terremotos que ha desolado el centro de Italia en los últimos tiempos. La vivienda debería haber sido demolida, pero siempre ocurre lo mismo: el valor de la vida de quienes menos tienen es prácticamente nulo. Pidió ayudas estatales que ninguna llegaron. Reforzó pilares y vigas con perfiles metálicos. Y cuando recubría la fea estructura con paneles de cartón-yeso, se le ocurrió una idea. ¿Y si el armazón que soporta los paneles fuera la estructura portante? 

Una persona, una idea. La idea permaneció, pero las personas al final éramos 25. El trabajo de la mayoría concluyó. Ahora les toca a los químicos y mecánicos. Pero es complicado desengancharse de algo a lo que he estado ligada casi exclusivamente durante tanto tiempo. Incluso volví a la costumbre de dormir sólo noches alternas. Si cierro los ojos, veo una y otra vez la primera maqueta lanzando trozos de cartón-yeso como si fueran proyectiles al deformarse y romperse las varillas que formaban los tetraedros. 

No importa si al final todo se queda en agua de borrajas. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz haciendo un trabajo. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Indefensa

¿Quién me defiende? Creía estar sola, pero la mayoría de los catalanes sosegados y serenos quieren un referéndum legal.

Lo que nos ha proporcionado Puigdemont es una siembra de odio y rabia; una fantochada ilegal de urnas llenas de papeletas previas a las votaciones, de colegios sin censos, de votantes que recorrían Barcelona en busca del derecho al voto una, cinco, diez... veces.

Se habría podido (¿se puede aún?) conseguir un referéndum legal, aunque se hubiera tenido que llegar a los tribunales internacionales. Habría sido más pausado, con dos partes enfrentadas que dieran a conocer los pros y los contras de la independencia. ¿Por qué Puigdemont escogió el camino de la irresponsabilidad? ¿Tenía miedo a perder o tenía miedo a ganar?

¿Quién me defiende? Casi siempre que he estado empadronada en Barcelona he tenido la mala suerte de presidir o ser vocal de una mesa electoral. Es un trabajo tedioso. Prefiero pasar los domingos tumbada leyendo o compartiendo algunos momentos con mi familia. Suelo comprar un billete de avión de los muy baratos para poder escaquearme. En esta ocasión no hice ese preparativo. Jamás pensé que el gobierno general dejara llegar tan lejos al autonómico. ¿Por qué no se paró antes el despropósito del referéndum? ¿Debilidad? ¿Miedo? ¿Pensar que el fracaso del referéndum llevaría a la tumba al actual gobierno autonómico?

La pasividad de Rajoy hasta hoy y las obligadas cargas policiales sólo han conseguido que se ponga en duda el nivel democrático de España.

¿Quién me defiende? La oposición política del gobierno central parecían hasta ayer convidados de piedra. Ahora se rasgan las vestiduras por las cargas policiales y por ineptitud de Rajoy para salir del agujero donde lo metió Puigdemont.

Se ha despilfarrado dinero de los impuestos en un acto ilegal, han habido muchos heridos, la democracia española ha quedado enlodada... pero mañana todos los políticos se darán palmaditas de autocomplaciencia en la espalada asegurando que los otros perdieron, cuando en realidad quienes perdimos fuimos todos ciudadanos.

Es injusto que ese puñado de necios tenga futuro. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Todo por la Patria

El mundo del cine y la televisión está lleno de muertos. No sólo muertos cuyos corazones han dejado de latir y han sido enterrados o incinerados (o crionizados), son, ante todo, muertos del pasado. Actores o cantantes con sólo el atractivo físico como principal mérito. Ellos echan tanto como nosotros la belleza perdida y la intentan recuperar disfrazando sus rostros con máscaras de cirugía. Todos terminan pareciéndose al Joker. 


Patria acumulaba polvo sobre mi mesilla de noche mientras Mickey devoraba libro tras libro. Hasta leyó toda la serie de Puck, unos volúmenes ñoños para adolescentes, ya viejos cuando se convirtieron para mí en una obligación, sustitución involuntaria de Stephen King. Dijo que quería conocer cosas de mi infancia, sin olvidar el presente. ¿Cómo había podido dejar de leer el libro que tenía en mi mesilla? Él lo acabó en un fin de semana. Se lo habían aconsejado media docena de personas diferentes, y él estaba de acuerdo con ellas: le pareció una novela muy necesaria. Asegura que soy la única persona que conoce que no le haya gustado. 

¿Por qué no te gusta? Mickey me pregunta y sólo sé encogerme de hombros. 

Recuerdo los atentados escuchados en la radio a primera hora de la mañana mezclados con el olor a café y a tostadas. Recuerdo a mi padre tumbándose en el suelo para mirar los bajos del coche, y la vergüenza que sentía porque la gente alrededor nos miraban extrañados. Recuerdo las palabras sosegadas de algunos militares que estaban a favor de la autodeterminación de los vascos para acabar con los atentados y recuerdo a otros furibundos que pedían que se colocara un muro muy alto alrededor del País Vasco, se fumigara con gasolina y se tirara una cerilla. Recuerdo mis paquetes de libros secuestrados durante días por culpa de algún escáner estropeado. Recuerdo la tensión de mi madre y hermanos cuando temían reconocer las iniciales de algún amigo entre las víctimas de los terroristas... Recuerdo que hace poco pensé que estaba muy bien no tener que enfrentarse a la repetición de aquella monotonía matutina de los atentados. 

¿No me gusta leer sobre el terrorismo de ETA? Si ese libro hubiera llegado tres lustros antes lo habría venerado. Ahora sólo me parece una parodia estereotipada del pasado. 

La calma después de la tormenta

He llorado por Guille como si hubiera muerto. He recuperado el placer por la lectura después de deshacerme de Patria. He reconocido que quiero a Mickey. El despacho/casa de la azotea de la calle San Antón ha vuelto a mí. He recuperado a algunos viejos amigos y trasmutado a familiares políticos en amigos. Ahora las series surcoreanas me parecen ñoñas incluso para disfrutarlas en momentos de pereza. La música k-pop ha corrido la misma suerte. Hasta he perdido el miedo a teclear una letra tras otra y convertirlas en palabras. 

De la feria de Málaga fui a Barcelona, sin Mickey al principio. No quería arrastrarlo a una ciudad herida por el atentado. Al abrir la puerta del piso de la Diagonal y ver el suelo tapizado por los libros que deberían haber estado en las estanterías -una rabieta más de Guille-, y comprendí que mi Guille ya no existía. Su propia madre y hermana se dieron cuenta mucho antes que yo. Ahora son mis amigas. 

El piso de la calle San Antón lo recuperé con chantaje. Ya no le tengo ningún respeto a Guille. 

Entre cajas de mudanza y roces comprendí que tengo muchas cosas en común con Mickey. Tal vez la falta de presión por hacer de lo nuestro una relación duradera y sólida, sea la mayor de ella.

Qué extraño. El mundo parece deshacerse en pedazos por culpa de las catástrofes naturales, la torpeza política y la estupidez humana; pero, para mí, es uno de los momentos más apacibles y placenteros que recuerdo en años. 

sábado, 12 de agosto de 2017

Visual de 360º

Uno de mis primos asegura tener recuerdos de cuando mamaba. Dudo que un cerebro tan inmaduro esté preparado para conservar en la memoria algo fuera de lo imprescindiblemente necesario para la subsistencia. Pero ninguno de los que conocemos bien a mi primo, ponemos en duda ese recuerdo porque para él es algo agradable y, por los muchos detalles que da, algo incestuoso. 

Esta mañana en el supermercado había cola, una extraña excepción para la primera hora de un sábado de agosto. Una señora con un carro atestado, un señor al que llaman en el barrio Gargamel, yo y una mujer joven con un bebé en un cochecito. El bebé tenía la belleza, o fealdad, según los ojos del observador, de un animal recién nacido. Durante el tiempo que recorrí los pasillos del supermercado, la banda sonora fue el llanto desconsolado del niño. De repente se hizo el silencio y eso me hizo girar la cabeza. El bebé estaba conectado al pecho de su madre y chupaba mu-mu-mu-mu... Yo bloqueaba la visión de la madre e hijo al señor Gargamel, porque es retaco. Se esforzó por mirar detrás de mí. Algo tan inocente como una madre dando de mamar a su hijo lo enfureció. Farfulló un: descarada. Hasta que fue atendido, el hombre cada minuto se esforzaba por mirar detrás de mí y negaba. Cuando se fue la cajera le pidió a la madre que no le hiciera caso. Hace pocos días el mismo hombre y en el mismo lugar, criticó a un chaval por llevar coleta, dijo que era muy femenino. La novia del chaval estaba presente y estuvo a punto de arañar la cara del señor Gargamel, sólo el insultado pudo evitarlo. 

Maternidad - Picasso

viernes, 11 de agosto de 2017

La herida del silencio

Cuando era pequeña, mi hermano mediano me enseñó que para cabrear a mi hermano mayor sólo tenía que repetir una y otra vez: Niño al agua. Niño al agua. Se ha caído un niño al agua.... La frase la había sacado de una película (no sé cuál), y la verdad es que resultaba efectivo. Antes de poder repetir por tercera vez aquellas palabras, ya estaba bocabajo, cogida por los tobillos. 

En mi anterior piso, sobre todo en los meses de verano, de 6 a 8 de la tarde, recordaba constantemente aquella frase porque un chaval de los alrededores ensayaba con su tuba una y otra vez, repitiendo la melodía difícilmente reconocible de la Guerra de las Galaxias. 


Hace un rato he dejado el trabajo que estoy haciendo porque fuera se escuchaba música (son las seis). Parecía un disco de Paco de Lucía o de algún otro guitarrista muy bueno de flamenco. La música ha cesado, se ha escuchado un carraspeo, y reanudado con una voz femenina que susurraba una canción muy bajita, Ha durado muy poco. Un: Que te calles, coño, ha devuelto el silencio.